Para empezar a escribir este texto debo partir desde la honestidad: cuando supe sobre esta película el año pasado, justo por lo que se empezaba a compartir desde los festivales en los que empezaba su ruta festivalera, su sinopsis me parecía un tanto poco interesante, o mejor dicho, la sinopsis no me llamaba en lo absoluto a querer verla, porque me parecía tenía todos los elementos para que fuera una cosa además de risoria, simple, pero justo luego de que se llevaban a cabo sus proyecciones, y podía leer las impresiones de críticos y personas que admiro mucho en cuanto a las letras del cine se refieren, es que puse foco sobre ella, en el sentido que a la primera oportunidad que tuviera de verla, lo haría, y fue justo el día de ayer que gracias a la Filmoteca de la UJED (Universidad Juarez del Estado de Durango), con quienes gozamos el privilegio de tener una buena amistad con todos los que la integran, es que la pudimos ver gracias a que acogieron la Muestra de Cine de Realizadoras Indigenas, impulsada por la Secretaría de Cultura y el IMCINE (Instituto Mexicano de Cinematografía).
Comparto la sinopsis de la película, antes de empezar con mi análisis:
En el pueblo casi desierto de La Raya, un misterioso frigorífico aparece de la nada. Sotera Santos y su amigo Eric ven la oportunidad de hacer una fortuna vendiéndola. Sin embargo, la nevera pronto empieza a desvelar fenómenos extraños y enigmáticos a quienes se acercan a ella. Mientras Sotera lidia con estos inquietantes sucesos, también debe enfrentarse a la dolorosa realidad de que su madre podría no regresar para llevársela a Estados Unidos, y que quizá su marcha de La Raya aún no esté destinada a producirse.
Primeramente, debo decir que me a sorprendido gratamente como Yolanda Cruz (directora y co-guionista) con la premisa que presenta la película, pudo crear un argumento, y en consecuencia, desarrollar su argumento con temas tan diversos y vastos, cuya importancia y valor radican más allá de la cercanía que la directora puede tener con todo el contexto social/territorial.
El primer punto perceptible de la historia sin duda alguna es el refrigerador, un elemento en teoría tan ajeno tanto para las personas, las costumbres, pero también en un lugar como lo es La Raya, no sólo viene a ser, o quizá si, pero mostrado tal cual, como un elemento ajeno y extraño, que pareciera jamás pasa; un milagro o regalo de dios que les da tanto el temor como la posibilidad de hablar, conciliar y despediste de sus fantasmas no muertos, pero si ausente.
"Dios sólo nos manda lo que necesitamos"
Antes de tocar cada particularidad en muchos de los personajes, hay que hablar del contexto social tan importante y real que expone la película: los pueblos viejos y los pueblos de memoria. Ambos son los mismos, sólo que vistos desde la perspectiva de distintas generaciones y distintos ojos. Mientras los pueblos viejos son aquellos que los ancianos de comunidades pequeñas y remotas de las grandes urbes, quizá con independencia y cercanía a la tierra, pero cada vez con más complicaciones no sólo propias de la edad que quizá ya no les permiten trabajar como antes, sino que también las condiciones metereológicas que hacen que el agua sea cada día más escasa y difícil de conseguir (aquí también se desenvuelve una crítica muy sutil pero certera hacia los gobiernos por la falta de apoyos y recursos a las personas que dedican y dan su vida al campo y a la producción a baja escala de alimentos). Aunado a eso, esta el factor de los niños “huérfanos”, niños que son dejados por sus padres que buscan en la migración las condiciones para ayudar a su gente y darles una mejor calidad de vida, pero claramente a un precio muy alto, niños que en el mejor de los casos pueden aprender a amar a la tierra y seguir los consejos de los ancianos y sus costumbres de convivencia social muy particulares (el ejercicio tan lindo y sano de la comunalidad), o en el peor, al no tener la guía parental, verse obstaculizados por la falta de educación (en la película por un momento se expone esto, por un tema de infraestructura) y encontrar a sus abuelos cansados por la vida del campo, pueden encontrar ejemplo en la autoridad, ya sea la buena o la mala.
Se puede decir en muchos sentidos que la pelicula juega con una especie de narrativa coral. Hay muchos personajes que dictan el ritmo narrativo de la historia, todo de manera afable y tersa. Sote, una niña que vive esperando la manifestación y presencia de su madre a través de un regalo deseado, de repente se encuentra con la presencia y propuesta de un padre que no la conoce y que la quiere alejar de la posibilidad de que su madre vuelva por ella. Esta su abuelo paterno, que en la desesperación de ver a un pueblo sin jóvenes seducidos por la idea de huida de un pueblo sin posibilidades, pide a los dioses por el retorno de su hijo, lo cual lo lleva a la enfermedad. Pablo (un José Salof que sorprende gratamente), el tío de Sote, que luego de volver al pueblo por ser deportado, y siendo asediado por las mujeres que dejó en ese pasado de júbilo y dólares, se preocupa por su emprendimiento, pero también por la idea de que el pueblo pueda quedarse no sólo sin su padre, sino también sin los viejos que desean ver a sus hijos e hijas aunque sea para la cada vez más improbable fiesta del pueblo. Pero también tenemos a Sandra (con una Mónica del Carmen en estado de gracia) un personaje por demás complejo que no sólo lucha con la ausencia del marido que le prometió volver y la abandonó por otra, sino que también carga a cuestas el sentirse culpable de tantos niños sin padres, de ver la desilusión de las y los ancianos del pueblo cuando no llega el giro de sus hijas e hijos que cada día se acuerdan menos de ellos; pero que al final da esperanza a los que están, y reivindica a los que no.
Yolanda crea una combinación armoniosa entre las carencias o dificultades que pudo haber tenido al realizar una película de pueblo tan alejada del aparato industrial, y una narrativa que siempre apela al sentir sobre el entender. Partiendo por el trabajo que hace actoralmente con los pobladores de este pueblo, que si bien por momentos se ve que sus diálogos no se dicen de manera tan fluida y su mirada pueden llegar a transmitir ese acartonamiento de no tener bases interpretativas, Yolanda lo suaviza y soluciona de manera excepcional y magistral con el trabajo de cámara y con un elemento por demás hermoso y vital: la música. Si bien es verdad que por momento sirve para solucionar, y se vuelve también conducto dramático para acentuar la acción en los nudos dentro de los conflictos de la historia, lo emplea y lleva a cabo no sólo con manipulación como suelen hacerlo otras películas cuyo guion y argumento es débil, sino que acá Yolanda da a través de la música una base identitaria de lo que es este lugar y sus habitantes, lo cual hace que uno como espectador perciba dentro de la ficción algo genuino y real, y no algo armado y condescendiente.
Visualmente también hay un atributo al hacer un acercamiento real no sólo desde la composición, sino también desde lo colorístico. Vemos el rústico retrato del pueblo, los niños desde el juego, el verde del territorio, lo cegador del sol que llega hasta la milpa. Todo muy cercano a lo que Yolanda seguramente recrea desde la memoria propia y el lenguaje del corazón.
En conclusión, me parece que no sólo estamos ante una de las películas más conmovedoras, entrañables y auténticas del 2024, sino también ante una de las más propositivas, que juega con la fantasía y las creencias de un lugar con lengua propia, queriendo vivir y que sus niños amen su tierra, y que no busquen identidad y oportunidades como sus padres a través de una lengua universal para sentirse importantes, realizados, pero sobre todo amados.